A cierta edad, cuando -como quien quiere la cosa- se va doblando el codo de la vida, uno no puede eludir hacerse ciertas preguntas ni escapar a algunas respuestas sobre lo hecho y deshecho a lo largo de los años. Los pequeños logros alcanzados y los sueños incumplidos se espejan inevitables en el azogue de la propia historia. Mirarse a uno mismo nunca es fácil y descorrer los velos reclama -al animarse a hacerlo- una buena dosis de paciencia y suficiente humor. Y en este preciso punto en el que, a través de sus relaciones y afectos, Enzo -el personaje central de "Justo en lo mejor de mi vida"- se examina y comienza a descubrir cosas de si mismo y de los demás, donde se produce mi entusiasta adhesión al pensamiento motor de este texto que, por el hondo camino de la sencillez y la ternura, nos acerca -creo- a algunas zonas de nuestra sustancia con la que siempre es posible identificarse.
Julio Baccaro
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